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POSGRADO UNIVERSITARIO : DIPLOMATURA EN INTEGRACIÓN SOCIO-EDUCATIVA CON APORTES DE LAS NEUROCIENCIAS

DIPLOMATURA  UBP OCTUBRE (2)

 

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LA NEUROSIS DEL ESPACIO SOCIAL.

LA NEUROSIS DEL ESPACIO SOCIAL.

Los destinos individuales, están atravesados siempre por una lógica de la distribución, que tiende a mantener a cierto grupos de individuos en una estructura social estable y jerárquica, y una lógica de la historicidad que lleva al hombre en general, a conformarse con lo que “hereda”, y sólo una circunstancia que lo sacuda muy profundamente, podrá llegar a subvertir lo que siente como destino, y empujarlo a producir un nuevo lugar, a construirse sobre la diferencia. Silvia Pérez Fonticiella.

“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.
En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se agostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.”

“Llegó la aurora, pero no el día. En el cielo gris apareció un sol rojo, un débil
círculo que daba poca luz, como en el crepúsculo; y conforme avanzaba el día, el
anochecer se transformó en oscuridad y el viento silbó y lloriqueó sobre el maíz
caído.
Los hombres y las mujeres permanecieron acurrucados en sus casas y para
salir se tapaban la nariz con pañuelos y se protegían los ojos con gafas. La noche
que volvió era una noche negra, porque las estrellas no pudieron atravesar el
polvo para llegar abajo, y las luces de las ventanas no alumbraban más allá de
los mismos patios. El polvo estaba ahora mezclado uniformemente con el aire,
formando una emulsión equilibrada. Las casas estaban cerradas a cal y canto, y
las puertas y ventanas encajadas con trapos, pero el polvo que entró era tan fino
que no se podía ver en el aire, y se asentó como si fuera polen en sillas y mesas,
encima de los platos. La gente se lo sacudía de los hombros. Pequeñas líneas de
polvo eran visibles en los dinteles de las puertas.
A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de
polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama,
oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento
desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego
cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron
inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo
tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó
como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante
todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta
uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de
las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los
árboles.
Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se
cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las
casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia.
Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder,
muriendo deprisa ahora, sólo un poco de verde visible tras la película de polvo.
Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse
junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a
hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se
perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca,
dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos
en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron
furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron
líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua
con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros
atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros
y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban
seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué
vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No sé. Pero estaban en buen camino.
Las mujeres supieron que la situación tenía arreglo, y los niños lo supieron
también. Unos y otros supieron en lo más hondo que no había desgracia que no
se pudiera soportar si los hombres estaban enteros. Las mujeres entraron en las
casas para comenzar a trabajar y los niños empezaron a jugar, aunque
cautelosos. A medida que el día avanzaba, el sol fue perdiendo su color rojo.
Resplandeció sobre la tierra cubierta de polvo. Los hombres, sentados a la puerta
de sus casas, juguetearon con palitos y piedras pequeñas; permanecieron
inmóviles sentados, pensando y calculando”
LAS UVAS DE LA IRA Cap.I JOHN STEINBECK.

 

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ETHOS CULTURAL Y SER HUMANO

ETHOS CULTURAL Y SER HUMANO

Cada ser humano construye su propio sistema de valores, de modelos y antimodelos, que luego serán los que darán sentido a su existencia. La crisis actual de los grandes ideales religiosos, políticos, científicos y morales ha hecho surgir nuevos procesos de idealización y desidealización que una sola ciencia o disciplina ya no puede explicar, por eso es necesario construir marcos teóricos multidisciplinarios , para intervenir en la vida real y cotidiana,hay que intervenir en las prácticas para transformarlas. Hay que estar atentos a la generación de herramientas para desentrañar los efectos de significación que producen los discursos sociales, esos entramados significativos que interpelan al sujeto a través de distintos “tipos” subjetivos, de categorías que lo constituyen como niño, alumno, exlcuido, delincuente, inteligente, tonto, etc.. efectos que determinan lugares , posiciones en la red de relaciones que estructuran el espacio social y que precipitan al sujeto a comportarse acorde a esas nominaciones y ocupar determinadas posiciones, haciéndole creer que su bienestar depende de mantenerse en ellas. Por eso , los profesionales del área “Psi”, a la hora de hacer un diagnóstico debemos de ser muy cuidadosos, de no quedar tambien nosotros atrapados dentro de esos discursos totalizadores y estigmatizantes, y perder al verdadero ser humano que quiere emerger desde la crisálida.
Silvia Pérez Fonticiella. Marzo 2014.

 

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LA SOLEDAD DE DEGAS

LA SOLEDAD DE DEGAS

Las pinturas de Degas reflejan la personalidad del artista, quien puntualizó la soledad en varios de sus retratos
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OCTAVIO PAZ : “La revolución humana se nutre de otredad”.

La poesía es resistencia ante la inclemencia del transcurso del tiempo. Todas las soluciones posibles de un problema específico se pueden encontrar en el lenguaje poético. A veces, es un proceso difícil y arduo, pero las respuestas suelen llegar con algo de claridad.
Siguiendo con las enseñanzas de Octavio Paz, no deja de sorprender la magia de su pluma y el misticismo de sus palabras. Paz fue un profeta de la naturaleza humana, un poeta con una sensibilidad ilimitada que pudo entender cada grieta del hombre.
-Parecería que rebelión y fraternidad juegan papeles contradictorios dentro de la terminología cotidiana, pero en ellos se encuentra el complemento necesario para un movimiento opuesto en el que la ruptura sea la causa fundamental para una nueva realidad subjetiva. La génesis de este sentimiento contestatario inicia con una pregunta que tambalea a la condición humana: El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen, / ¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada? Pero en el desamparo vivencial actual, la mirada autónoma gira hacia otro horizonte: el propio. Así, con un mínimo de introspección que genere una mirada entrañable con nosotros, cabe la posibilidad de posicionarnos para tomar conciencia de nuestra personalidad, de nuestro espíritu libre.
En el curso de esta transición, la conciencia interna no es movimiento cadencioso ni armónico, sino que se formula con destrucción puntual y ruptura agónica, desdeñosa: he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra, / al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz, / he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota. El planteamiento de Paz suena como un alegato al pesimismo desahuciado por la insignificancia del hombre; como una tristeza totalitaria por el entorno en el que nos mostramos como seres vivientes. Pero en la magnificencia de la nimiedad maléfica, existe un camino en el que ‘transitar’ se convierte en ‘transformación’.
En el ciclo continuo, negado, contundente, hay una deformación geométrica que coquetea con la cadencia de la luz. Una formulación libertaria comienza a gestarse en la centralidad del hombre, hasta que el abismo sale de las sombras para enaltecer un viento cristalino: ¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual? / Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más puro se levante, sólo fulgor y llama, / semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo, / palabra que busca unos labios que la digan, / sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras, / hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana. La rebelión ha iniciado. Su desenvolvimiento es determinante. La iluminación del autoconocimiento encuentra un resquicio ante la penumbra de la crisis en la que el cuestionamiento de las causas se vuelve incesante.
La desavenencia del estado propio comienza con una nueva travesía, una nueva vereda que habrá de ser recorrida con un ímpetu imperial. Las interrogaciones interpretativas se trasladan a un nuevo plano; ya no se encuentran en la egolatría de lo mío, sino en la conveniencia de lo tuyo. La curiosidad innata se dirige hacia el otro, a esos compañeros fraternales quienes reciben el nombre de humanidad: ¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre, / hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra, / hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa? Finalmente, la respuesta de Paz es un no rotundo: una negativa absoluta cargada de sueños, cánticos, palabras, raíces, manantiales, árboles y flores, es decir, una negación que se condensa en el afecto al prójimo.
“Amar es aprender a caminar por el mundo”
Desde el surgimiento a la vida se plantea un tema conmovedor y autóctono para el tránsito por ésta: el amor. Es una aparición primigenia que encandila con su majestuosidad. El hombre no requiere de un estímulo racional para sentir y vivir una experiencia amorosa. Pero en este recorrido vivencial, las preguntas se aglomeran paulatinamente en un intento desesperado por entenderlo con cierta nitidez.
Paz empieza su meditación amorosa con una advertencia característica: Las palabras son puentes. / También son trampas, jaulas, pozos. / Yo te hablo: tú me oyes. / No hablo contigo: / hablo con una palabra. / Esa palabra eres tú, / esa palabra / te lleva de ti misma a ti misma. / La hicimos tú, yo, el destino. Así como el lenguaje es un artefacto eminentemente humano, también lo es el contorno lingüístico del amor que fue construido a través de innumerables corazones que palpitaban hacia una misma dirección. La humanidad ha sentido el incendio en sus pechos, radicalizando el pensamiento en una especie de locura interminable. La búsqueda de él no es infortunio, sino una necesidad clavada.
La carencia legítima por el otro que nos complemente y alimente no tiene un límite delineado, pues su formación se va edificando en función de las experiencias continuas. Nos movemos en un torbellino de instantes en los que se dificulta el propio reconocimiento, pero en ese tornado de realidad, el sentido del amor es la unión, la unidad de almas que puede defenderse ante los arrebatos del entorno. Como en muchos temas, Paz no se queda atrás y ofrece varias definiciones desde su visión poética sobre el significado del amor en movimiento:
Amar: / hacer de un alma un cuerpo, / hacer de un cuerpo un alma, / hacer un tú de una presencia.
Amar: / abrir la puerta prohibida, / pasaje / que nos lleva al otro lado del tiempo.
Amar es perderse en el tiempo, / ser espejo entre espejos.
Amar: una variación, / apenas un momento en la historia de la célula primigenia / y sus divisiones incontables.
El arte de amar / ¿es arte de morir? / Amar / es morir y revivir y remorir: / es la vivacidad. Te quiero / porque yo soy mortal / y tú lo eres.
Con esto, sobran los tratados, las teorías o los manuales que intenten describir el sentimiento más puro que tiene la humanidad. El amor es transmutación, un instante cegador, una forma de emigrar a otro tiempo, el reflejo en tu mirada, intimidad asumida, el primer momento, una muerte fortificada, omnipresencia terrenal, un renacimiento ingenuo, un pronombre mortal, sencillamente un tú, un contigo incondicional.
Pero en el tratamiento sutil y prolífico no hay certezas absolutas. Con el afán de dejar abierta una obra que investiga la profundidad del amor, la esperanza se ve involucrada en su sentido más amplio porque Tal vez amar es aprender / a caminar por este mundo. Aprender a quedarnos quietos / como el tilo y la encima de la fábula. Aprender a mirar. Tu mirada es sembradora. Plantó un árbol. Yo hablo / porque tú meces los follajes.

Octavio Paz y su pluma envolvente: algunas lecciones para la vida cotidiana –
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EL ARTE DE MEDIR EL TIEMPO

EL ARTE DE MEDIR EL TIEMPO  .

A través de la colección de relojes del Museo Franz Mayer es posible recorrer la historia de esta fascinante pieza. Este tipo de artefactos son el resultado del trabajo de relojeros y artífices especializados en pintura, madera, metal y otros materiales preciosos. Relojes de pie o “abuelos”, relojes de mesa, de pared, de bolsillo, así como relojes de arena y de sol conforman este acervo, dando cuenta de algunos de los episodios más importantes de este arte. La mayoría de nuestros ejemplares provienen de Holanda e Inglaterra, aunque también existen algunos alemanes, norteamericanos, y de manufactura local. La pieza más antigua de la colección, obra de Daniel M. Quare, es un trabajo inglés que data de 1680; este ejemplar es de maquinaria mecánica y, debido a su forma, se clasifica como reloj-linterna. Los relojes de este tipo se colocaban en la pared, apoyados sobre repisas de madera con perforaciones por las que pudieran atravesar las cuerdas con pesas de su maquinaria. Los relojes varían en cuanto a sus materiales; hay de diferentes tipos de madera (ébano, nogal, palo de rosa, etcétera), también existen piezas trabajadas en carey, marfil y madreperla; por otro lado, comprenden la aplicación de distintos metales y aleaciones. En cuanto a la técnica que resume el tratamiento que denotan sus cajas varía dependiendo de su procedencia: los relojes holandeses generalmente presentan trabajos de marquetería e incrustación, mientras que los ingleses se distinguen por su chapeado en caoba y raíz de nogal, así como por sus aplicaciones en metal. Entre los ejemplos más interesantes destacan los relojes que indican las fases lunares o aquellos que muestran el signo zodiacal que rige cada periodo, así como otros que sirvieron para mostrar la hora en la oscuridad u otros más de uso personal, caracterizados por comprender imágenes sugerentes. Hay algunos que tocan campanas en distintos momentos y otros que se acompañan por cajas musicales que tocan diferentes marchas y canciones populares; algunos más forman parte de muebles más grandes, tal es el caso de un reloj alemán de finales del siglo XVII cuya estructura cuenta con múltiples cajones y puertas. Por Museo Franz Mayer Gracias a http://culturacolectiva.com/

Reloj de arena

 

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LOS PÁJAROS NACIDOS EN JAULA CREEN QUE VOLAR ES UNA ENFERMEDAD

Dostoyevski

 

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