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LA AVENTURA DE UN MATRIMONIO – Ítalo Calvino

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El obrero Arturo Massolari hacía el turno de noche, el que termina a las seis. Para volver a su casa tenía un largo trayecto que recorría en bicicleta con buen tiempo, en tranvía los meses lluviosos e invernales. Llegaba entre las siete menos cuarto y las siete, a veces un poco antes, otras un poco después de que sonara el despertador de Elide, su mujer.

A menudo los dos ruidos, el sonido del despertador y los pasos de él al entrar, se superponían en la mente de Elide, alcanzándola en el fondo del sueño, ese sueño compacto de la mañana temprano que ella trataba de seguir exprimiendo unos segundos con la cara hundida en la almohada. Después se levantaba repentinamente de la cama y ya estaba metiendo a ciegas los brazos en la bata, el pelo sobre los ojos. Elide se le aparecía así, en la cocina, donde Arturo sacaba los recipientes vacíos del bolso que llevaba al trabajo: la fiambrera, el termo, y los depositaba en el fregadero. Ya había encendido el calentador y puesto el café. Apenas la miraba, Elide se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales.

En cambio a veces entraba él en la habitación para despertarla con la taza de café, un minuto antes de que sonara el despertador; entonces todo era más natural, la mueca al salir del sueño adquiría una dulzura indolente, los brazos que se levantaban para estirarse, desnudos, terminaban por ceñir el cuello de él. Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: “¿Qué tiempo hace?”, y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente.

A esa hora la casa estaba siempre mal caldeada, pero Elide se había desnudado completamente, temblaba un poco, y se lavaba en el cuartito de baño. Detrás llegaba él, con más calma, se desvestía y se lavaba también, lentamente, se quitaba de encima el polvo y la grasa del taller. Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban abrazados.

Pero de pronto Elide:

-¡Dios mío! ¿Qué hora es ya? -y corría a ponerse el portaligas, la falda, a toda prisa, de pie, y con el cepillo yendo y viniendo por el pelo, y adelantaba la cara hacia el espejo de la cómoda, con las horquillas apretadas entre los labios. Arturo la seguía, encendía un cigarrillo, y la miraba de pie, fumando, y siempre parecía un poco incómodo por verse allí sin poder hacer nada. Elide estaba lista, se ponía el abrigo en el pasillo, se daban un beso, abría la puerta y ya se la oía bajar corriendo las escaleras.

Arturo se quedaba solo. Seguía el ruido de los tacones de Elide peldaños abajo, y cuando dejaba de oírla, la seguía con el pensamiento, los brincos veloces en el patio, el portal, la acera, hasta la parada del tranvía. El tranvía, en cambio, lo escuchaba bien: chirriar, pararse, y el golpe del estribo cada vez que subía alguien. “Lo ha atrapado”, pensaba, y veía a su mujer agarrada entre la multitud de obreros y obreras al “once”, que la llevaba a la fábrica como todos los días. Apagaba la colilla, cerraba los postigos de la ventana, la habitación quedaba a oscuras, se metía en la cama.

La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. Él se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía.

Cuando volvía Elide, por la tarde, Arturo cabía un rato que daba vueltas por las habitaciones: había encendido la estufa, puesto algo a cocinar. Ciertos trabajos los hacía él, en esas horas anteriores a la cena, como hacer la cama, barrer un poco, y hasta poner en remojo la ropa para lavar. Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa, mientras afuera se encendían las luces y ella pasaba por las tiendas en medio de esa animación fuera del tiempo de los barrios donde hay tantas mujeres que hacen la compra por la noche.

Por fin oía los pasos por la escalera, muy distintos de los de la mañana, ahora pesados, porque Elide subía cansada de la jornada de trabajo y cargada con la compra. Arturo salía al rellano, le tomaba de la mano la cesta, entraban hablando. Elide se dejaba caer en una silla de la cocina, sin quitarse el abrigo, mientras él sacaba las cosas de la cesta. Después:

-Arriba, un poco de coraje -decía ella, y se levantaba, se quitaba el abrigo, se ponía ropa de estar por casa. Empezaban a preparar la comida: cena para los dos, después la merienda que él se llevaba a la fábrica para el intervalo de la una de la madrugada, la colación que ella se llevaría a la fábrica al día siguiente, y la que quedaría lista para cuando él se despertara por la tarde.

Elide a ratos se movía, a ratos se sentaba en la silla de paja, le daba indicaciones. Él, en cambio, era la hora en que estaba descansado, no paraba, quería hacerlo todo, pero siempre un poco distraído, con la cabeza ya en otra parte. En esos momentos a veces estaban a punto de chocar, de decirse unas palabras hirientes, porque Elide hubiera querido que él estuviera más atento a lo que ella hacía, que pusiera más empeño, o que fuera más afectuoso, que estuviera más cerca de ella, que le diera más consuelo. En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse.

La mesa puesta, con todo listo y al alcance de la mano para no tener que levantarse, llegaba el momento en que los dos sentían la zozobra de tener tan poco tiempo para estar juntos, y casi no conseguían llevarse la cuchara a la boca de las ganas que tenían de estarse allí tomados de las manos.

Pero todavía no había terminado de filtrarse el café y él ya estaba junto a la bicicleta para ver si no faltaba nada. Se abrazaban. Parecía que sólo entonces Arturo se daba cuenta de lo suave y tibia que era su mujer. Pero cargaba al hombro la barra de la bici y bajaba con cuidado la escalera.

Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura. FIN

 

ciudadseva.com

 

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ITALO CALVINO

ITALO CALVINO

“LA IMAGINACIÓN ES UN LUGAR DONDE LLUEVE DENTRO…”

La pintura es del artista Nikolai Zaitzev

 

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LAS INSTITUCIONES AL BORDE DE LA MODERNIDAD LIQUIDA

INTRODUCCIÓN.

Me parece pertinente, hacer algunas puntualizaciones previas respecto a la constitución social del ser humano, para poder dar un marco teórico referencial a las ideas que se exponen posteriormente sobre las instituciones.

La auto-producción del hombre es siempre una necesidad, una empresa social.

Los hombres producen juntos un ambiente social con la totalidad de sus formaciones socio-culturales y psicológicas, estas formaciones, no son sólo  producto de la constitución biológica del hombre, la que  proporciona limites exteriores para la actividad productiva humana. El ser humano no puede desarrollarse como tal en aislamiento, como tampoco puede producir aislado un ambiente humano.

La humanidad específica del hombre y su socialidad están entrelazadas íntimamente.

El homo sapiens es siempre y en la misma medida, homo socius.

El orden social no forma parte de la naturaleza de las cosas y no puede derivar de las leyes de la naturaleza. Existe solamente como producto de la actividad humana.

Tanto por su génesis (el orden social es resultado de la actividad humana pasada), como por su existencia en cualquier momento del tiempo (el orden social solo existe en tanto que la actividad humana siga produciéndolo), es un producto humano.

Se puede decir que el ser humano tiene como necesidad antropológica la externalización de su actividad interior, de sus emociones, de sus pensamientos, de sus impulsos, de sus hábitos y estos productos internos, son co-fundadores del orden social. A su vez, entendemos este proceso en forma dialéctica, el hombre a la vez que construye el mundo, se construye a si mismo con  y por lo otros.

Si conceptualizamos la institución como “sistema de vinculación en el cual el sujeto es parte interviniente y parte constituyente… “, (R. Kaes), podemos considerar que ya desde el primer esbozo de vida intrauterina, en la polifonía de los intercambios madre-hijo, estamos ante un  fenómeno social, institucional inaugural.


La necesaria solidez….

“La institución, las instituciones, aseguran silenciosamente continuidades ensambladas que forman el trasfondo implícito de nuestra vida psíquica; el zócalo cultural complementario de la roca biológica, sobre las cuales se afirma el espacio de la psiquis. La irrupción de la institución en este espacio lo transforma. “

“…la institución nos precede nos sitúa y nos inscribe en sus vínculos y sus discursos…. Descubrimos también que nos estructura y que trabamos con ella relaciones que sostienen nuestra identidad.”

“… esta externalización de un espacio interno es la relación más anónima, violenta y poderosa que mantenemos con las instituciones”

“dos conceptos limites articulan por vía de apuntalamiento, el espacio psíquico a sus dos bordes heterogéneos: el borde biológico, que la experiencia corporal actualiza, y el borde social, actualizado por la experiencia institucional.”

Sufrimiento y psicopatología de los vínculos institucionales.  René Kaës.

“El mundo institucional se experimenta como realidad objetiva, tiene una historia que antecede al nacimiento del individuo.  La biografia del individuo se aprehende como un episodio ubicado dentro de la historia objetiva de la sociedad.
Las instituciones están ahí, fuera de él, persistentes en su realidad, quiéralo o no: no puede hacerlas desaparecer a voluntad. Resisten a todo intento de cambio o evasión; ejercen sobre el un poder de coacción , tanto de por si, por la fuerza pura de su facticidad, como por medio de los mecanismos de control habitualmente anexos.”

La construcción social de la realidad.  Peter Berger , Thomas Luckmann

El discreto encanto de la fluidez….

 “Los líquidos no se pegan al espacio ni se atan al tiempo, no conservan una forma durante mucho tiempo”.

“Consideremos que la fluidez o la liquidez son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual de la historia de la modernidad”

Modernidad Líquida. Zygmunt Bauman.

“¿Quién cree aún en el  trabajo cuando conocemos las tasas de ausentismo..? ¿Quién cree aún en la  familia cuando los índices de divorcios no paran de aumentar, cuando los viejos son expulsados a los asilos, cuando los padres quieren permanecer “jóvenes’…? ¿Quién cree aún en el ejército cuando por todos los medios se intenta declararlo inútil, cuando escapar del servicio ya no es un deshonor? Después de la Iglesia, que ni tan sólo consigue reclutar a sus oficiantes, es el sindicalismo quien pierde igualmente su influencia…

El sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por  inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los  ‘especialistas’, los últimos curas, como decía Nietzsche, los únicos que todavía quieren insertar sentido, valor, allí donde ya no hay otra cosa que un desierto apático”

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La Era del Vacío.  Gilles Lipovetsky

PARALAJE SOLIDO-FLUIDO.

La naturaleza errática y esencialmente impredecible del cambio contemporáneo, ha modificado nuestra forma de “estar en el mundo”, ya sea por estar signados por el síndrome de la prisa, o participar en una red de significantes institucionales y sociales cuyos  discursos, sustentados en enunciados que han dejado de contener aquellas palabras que nos servían de referencias por remitir a solidez, estructura y duración, han sido sustituidas por otras que aluden a la volatilidad, reemplazo fácil  y corta vida.

Toda práctica humana es un fenómeno social que no sólo socializa saberes, teje redes vinculares, diseña formas organizacionales y distribuye capital cultural, sino que además, es co-productora de subjetividad.

Frente a este modelo en el que lo único permanente es el cambio y dentro del cual la sociedad actual se sumerge irreflexiva, existe la necesidad de asegurarse la existencia. Este problema, ha atravesado todas las formaciones sociales de las distintas épocas históricas, y a través de ellas, reconocemos que el sujeto es un buscador de certidumbres.

Al decir del filósofo Peter Sloterdijk, la existencia humana depende de la disponibilidad de estructuras de seguridad vitalmente indispensables, o como él las llama, estructuras de resguardo o estructuras inmunes.

A través del tiempo, los hombres han ido disolviendo estructuras de inmunidad que eran más imprecisas y embarcados en un movimiento civilizador produjeron una transición, desde formas de vida religiosas y rituales a formas de vida regidas por la técnica y pragmáticas, donde la seguridad o la inmunidad son fabricadas. Por otro lado, podemos ver que también la filosofía ha procurado brindar técnicas de certezas en el marco de una filosofía basada en estrategias optimistas.

No obstante, tampoco la filosofía pareció ser la panacea para que el hombre encuentre verdaderas certidumbres de las que asirse y tal vez por eso, entendemos el éxito de las compañías aseguradoras, dice Sloterdijk.

Pero en mi opinión, lo que ha permitido al hombre no disolverse, juntar sus fragmentos y recomponerse,  es su participación, su co-construcción subjetiva en las diversas instituciones con las que interactúa en el entramado social desde el nacimiento hasta la muerte.

El hombre busca resguardo e inmunidad, esencialmente psíquicos, así como alguna forma de contención afectiva para su ansiedad de fragmentación en  las diversas instituciones por las que transita a lo largo de su vida.

Tiempo y memoria, dos dimensiones importantes constitutivas de la identidad.

Einstein afirmaba que sólo existen dos tiempos: el tiempo psicológico y el tiempo físico. El tiempo psicológico, es el que cada uno de nosotros experimenta de forma cotidiana y que tendrá tantas posibilidades de variación como nuestras sensaciones subjetivas.

El segundo tiempo, el tiempo físico, depende de los sistemas de referencia de los diferentes observadores y tiene un límite que constituye la otra cara de la relatividad einsteiniana, la constante física de la velocidad de la luz. Los fotones, partículas que viajan a la velocidad de la luz, carecen de tiempo, no envejecen.

Pero nuestros sistemas de referencia externos, esos que atraviesan nuestras instituciones, también se han modificado a lo largo de las épocas, lo que provoca una sensación de inquietud o desorientación cosmológica en nuestra existencia; nuestro universo ya no es el de Ptolomeo, pero también ha dejado de ser el de Copérnico, el de Galileo o el de Newton.

Las investigaciones coinciden en que mas allá de las diferencias personales, respecto de la sensación de velocidad y durabilidad, la generalización apunta a una sensación de que el tiempo ya no está a nuestra disposición, a nuestro alcance, como que constituye una dimensión ajena a nosotros.

El proyecto moderno se ha vuelto híper-moderno, la “razón instrumental”, que señalaba Habbermas, se vuelve finalidad en sí misma. La innovación industrial y tecnológica imprime una celeridad, una instantaneidad, que atraviesa todos los sectores de la vida institucional y personal; las instituciones son estructuras tecnológicas impersonales en las que los hombres padecen tal inflación de expectativas que pierden la dimensión del hoy, diseñando instrumentos materiales y psicológicos para “colonizar el futuro”. Me viene la imagen del conejo de “Alicia en el país de las maravillas”, siempre corriendo temeroso con la impresión de “llegar demasiado tarde a todas partes”.

Esta línea tendiente a deshacerse de lo pesado, de manipular lo transitorio, de hacer una liposucción de la memoria, atenta directamente contra  la identidad del individuo y la de las instituciones.

En la modernidad “sólida”, nuestros recuerdos, nuestra historia enmarcada en la historia de las instituciones, era un valor positivo que permitía tener una mirada longitudinal de la evolución de los proyectos institucionales, de cómo el rescate de los valores fundantes de la organización, continuaban dando cohesión tanto al proyecto institucional como al personal. La memoria es parte de lo que permite tener atrapado al fantasma que sigue dando sentido, en cada uno, a lo grupal.

En la aldea global, ya no es necesario que todos los integrantes de la institución conozcan y busquen sus significantes en la historia oficial y latente de ésta. Ya no hay anfitriones que presidan los rituales de iniciación de los nuevos integrantes,  porque cada uno si así lo quiere, puede bucear en internet, en los archivos de los servidores y buscar la información precisa y puntual que necesita, porque cada uno viene a ocupar un lugar en la larga cadena de engranajes.

¿Pero, qué sucede cuando las instituciones se vuelven vulnerables al vértigo paroxístico del cambio de estado, a un tiempo en el que parece absorbido por los agujeros negros de la cotidianidad tecnológica, a una memoria expulsada del cerebro, y como al decir de Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire?

“…Todo lo estamental y estancado se esfuma, (todo lo sólido se desvanece en el aire), todo lo sagrado es profanado…”. Karl Marx.

Subsiste por tanto, y esa es precisamente la necesidad que impulsa a los hombres a considerar serenamente, una y otra vez, sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas. Es de este ejercicio de donde surgen las cuestiones candentes de cada época.

Es el material del que se nutren los sueños y las crisis.

Las instituciones son un campo de pruebas que recrea la experiencia vital, como también los sueños, en cierto modo. Tal vez por esto, Marcelo Percia, considera que:

“Hacer clínica de las instituciones significa pensar hechos como sueños”

Para Didier  Anzieu,  un grupo es una especie de sondeo en el inconsciente social.

Anzieu, a partir de su extenso trabajo con grupos e instituciones, aporta su hipótesis de la correspondencia entre la organización institucional y la organización fantasmática, de la cual tomó y analizó algunas formulaciones:

“La institución “realiza” el fantasma; lo realiza de un modo que lo “fija”; la movilidad del deseo está “ligada”, al mismo tiempo que lo está la permanencia de las instituciones y de la sociedad garantizada” – D. Anzieu

Me pregunto qué sucede en el sujeto cuando la institución, la sociedad misma, ya no puede asegurarle esa fijación de su deseo y su fantasma.

Williard Quine, sostenía que nuestra verdad no se presenta sola sino vinculada a un conjunto de convenciones culturales; ¿qué sucede con nuestra verdad, cuando nuestras convenciones se convierten en fluidos?

“El sueño realiza los deseos inconscientes, pero lo hace al precio de un distanciamiento entre el contenido latente y el manifiesto.”    D. Anzieu

De forma semejante, dice Anzieu, hay una distancia entre la fantasmática dominante en el inconsciente social y las instituciones de la sociedad correspondiente. Esa distancia fundamenta ”la libertad de fantasmatización individual, permite la crítica y garantiza una posibilidad de evolución social.”

¿Será esa distancia la clave para mantener una homeostasis institucional más allá de las críticas, intervenciones y diferentes posiciones que puedan adoptar sus integrantes?; ¿Será que establecer esa distancia, al modo de Cosimo Piovasco, el personaje de “El Barón rampante”, de Italo Calvino, es la clave también para poder realizar pluralidad de miradas y mantenerse imparcial, pero no neutral?

“Un grupo, un organismo social o un país, funciona mal cuando el distanciamiento ha llegado a ser demasiado grande entre la organización fantasmática y la organización institucional.”

Señala  Anzieu que pretender cambiar la organización formal para dar vida a la colectividad, es una operación inútil si la fantasmática subyacente no es recambiada en su sentido o si una nueva fantasmática dominante no ha emergido.

“El deterioro de un grupo o la decadencia de una civilización sobrevienen cuando se ha agotado la carga emocional que da sentido a esta fantasmática; una institución sin fomentación fantasmática subyacente se convierte entonces en una ostra vacía.”

“La revolución apunta a dar vuelta a las instituciones correspondientes a una fantasmática periclitada y a inventar instituciones nuevas que expresen y vinculen la fantasmática que haya emergido en su lugar y que garanticen un nuevo equilibrio entre la vida colectiva y el inconsciente social.”

El hombre, comienza construyéndose a partir de otro, identificándose desde el comienzo a través de una suerte de mímesis, de géneros imitativos que le sirven de molde para prefiguran su autoconstrucción como sujeto.

A medida que transcurre el tiempo, el vínculo con los otros le permite ir entrando y dominando ese universo discursivo que lo codifica, así como los “juegos de lenguaje” (Wittgestein), y se edifica a través del proceso secundario como autor de su propia diégesis.

La narración de ese sujeto como autor, enriquecida por, la potencialidad del mundo de la vida sobre el que se sustenta nuestra capacidad de interpretar: tradiciones, lenguajes, (códigos, presuposiciones), formatos narrativos, mundos posibles, modelos de mundo, se transforma en texto colectivo productor de nuevos símbolos que vuelven al sujeto  a través de su vínculos con los otros.

La comunión con el símbolo, antes que a través suyo, permite que las personas puedan completar los perfiles de una Figura (percepción representación de sí), que ya conocían o sustituirla por otra, total o parcialmente, encontrar su rol, su posición grupal o social. Lo esencial, sin embargo, es que esa Figura les atañe íntimamente a ellos mismos, a cada uno de nosotros. Son nuestras imágenes y conceptos de lo humano o nuestras imágenes y sentidos consustancialmente humanos, nuestro aporte al genoma social que se constituye como “contenido de un metacontinente (la institución)”.(Kaes).

A MODO DE CIERRE.

Yo creo que la crisis ya se ha instalado como arquitectura permanente de las instituciones,  del hombre y de sus vínculos, de los fenómenos sociales co-constituyentes de su subjetividad.

Nos encontraríamos en una situación a la que Kant denominaría: “Ilusión trascendental”, colocando en un mismo nivel dos fenómenos incompatibles:

Por un lado, la institución como “zócalo cultural”, que da sustento y que “genera” espacio para la emergencia de la psiquis y por otro lado, una institución que yo diría más que transformarse en fluido, ya casi transita hacia un estado gaseoso, evanescente.

La solidez o la fluidez, comparten la insuperable brecha de paralaje, la confrontación de dos perspectivas estrechamente vinculadas entre las cuales no es posible ningún campo neutral común.

No hay territorio compartido entre ambas nociones, pero sin embargo, con asistencia de Lacan, podríamos interpretarlos como lados opuestos de una banda de Moebius, partes de la misma estructura, pero cuya visibilidad dependerá de la posición en que se sitúe el observador.

Propongo reflexionar sobre la crisis, pues si ésta ya forma parte de lo instituyente y también de lo instituido, deberíamos desarrollar dispositivos que nos permitan encontrar nuevos puntos de anclaje en estos paradigmas institucionales fronterizos, que de alguna manera hacen navegar al sujeto en los bordes de un océano de incertidumbres, abriendo así a la posibilidad de una multiplicidad de praxis, de lecturas y de escuchas que permitan acceder a nuevos campos de comprensión de sentido y de prolongación de nuestros “axones sociales”, para no quedar sumidos en la fragmentación y el aislamiento.

Parafraseando a Macedonio Fernández, tal vez habría que buscar estrategias de supervivencia, donde entrenar el  “derrotar la estabilidad de cada uno en su yo”.

ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

“Sereno y estudioso, Luis Pereda se dirigió a Buenosayres:
–De acuerdo con ese punto de vista, ¿cuál es tu posición de argentino?
–Muy confusa –le respondió Adán–. No pudiendo solidarizarme con la realidad que hoy vive el país, estoy solo e inmóvil: soy un argentino en esperanza. Eso en lo que se refiere al país. En cuanto a mí mismo, la cosa varía: si al llegar a esta tierra mis abuelos cortaron el hilo de su tradición y destruyeron su tabla de valores, a mí me toca reanudar ese hilo y reconstruirme según los valores de mi raza. En eso ando. Y me parece que cuando todos hagan lo mismo el país tendrá una forma espiritual.”

Adán Buenosayres   -Leopoldo Marechal.

BIBLIOGRAFIA.

ANZIEU, DIDIER – El grupo y el inconsciente.

BAUMAN, ZYGMUNT – Modernidad Líquida.

BERMAN, MARSHALL – Ensayo: El camino ancho y abierto.

BERGER, P, LUCKMANN T. – La construcción social de la realidad.

CALVINO, I.  – El barón rampante.

FRIGERIO, GRACIELA – Los bordes de lo escolar.

MARECHAL, LEOPOLDO – Adán Buenosayres

KAËS, RENÉ – Sufrimiento y psicopatología  de los vínculos institucionales.

KAËS, RENÉ – De un singular, plural

LIBERTELLA, HÉCTOR – Entrevista sobre Macedonio Fernández.

LIPOVETSKY, GILLES –   La Era del Vacío.

PEREZ FONTICIELLA, SILVIA – El discreto encanto de la seducción audiovisual-    http://www.iinnuar.wordpress.com.

SLOTERDIJK, PETER    –   Ensayo: Riesgo en la sociedad del confort.

SLAVOJ ZIZEK –   Visión de paralaje.

VATTIMO, G . El fin de la Modernidad.

SILVIA PÉREZ FONTICIELLA

Consultora en Neurociencias

ALGUNAS PREGUNTAS MÁS….

“Las nuevas tecnologías cambiaron efectivamente nuestra experiencia del tiempo, nuestra percepción de los acontecimientos y nuestro sentido del yo”

Marshall  McLuhan  

Cada vez que leo esta frase de McLuhan, e investigo sobre cómo impacta la tecnología nuestra forma de enseñar y aprender, y nuestra forma de vida en general, me pregunto:

¿Estamos frente a un cambio de paradigma socio-cultural, frente a un proceso evolutivo de la experiencia perceptiva, en un pasaje  de lo que podríamos llamar del homo tipográfico, al homo iconográfico?

El lector, se enfrenta a una realidad estática, abstracta, analítica, lógica , a un universo de conceptos e ideas; el televidente o el cibernauta en cambio, se enfrenta a una realidad dinámica, concreta, inmediata, a un universo de objetos y realidades, de emociones y sensaciones, a la instantaneidad que se produce de clic a clic

La cultura icónica en la que se mueven los niños, adolescentes y adultos  de hoy, acaba por transformar sus gustos, sus hábitos perceptivos, sus vínculos, su inserción social,  e incluso sus procesos mentales, convirtiendo en desfasadas e ineficaces muchas de las formas de comunicación utilizadas tradicionalmente.

Esas modificaciones perceptivas, afectan no solo a la aceleración  en la estimulación sensorial, sino también a la exigencia de la calidad de los estímulos, y esto nos lleva a caer abruptamente en el consumo, cada vez demandamos más y mejor imagen, mejor calidad de sonidos, nuestro equipos de audio, nuestras computadoras se vuelven rápidamente “antiguas”, todo cae en la obsolescencia rápidamente, los amores y los amigos ya no duran “para toda la vida”, ni siquiera años, a veces…y nuestras instituciones, sólo basta con leer titulares de las noticias, para darnos cuenta que  “hacen agua” por todos lados…

¿Qué papel cumple el uso masificado y el acceso a la tecnología, y estos nuevos vínculos reales y virtuales que estamos desarrollando? , ¿Cómo impactan nuestra subjetividad, y nuestras instituciones, …. nuestra forma de vernos y de ver a los otros, nuestra forma de construir y construirnos con otros?

Creo que tenemos mucho por delante para investigar estos temas.

 

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