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ANÁLISIS NEUROPSICOPEDAGÓGICO DE LA NOVELA:

“SECRETOS DE Familia” de Graciela Beatriz Cabal.

“Re-cordis: volver a pasar por el corazón”.

Eduardo Galeano.

Las frescas vivencias de la niña que sobrevive en la escritora adulta, producen una suerte de alquimia que transforma  lo biográfico en asunto literario impersonal y trascendente a través del tratamiento artístico que la autora le confiere. Son relatos donde la animación y autenticidad de lo evocado —seres, hechos, situaciones, paisajes—; es decir, lo verdadero de la realidad vivida, lo cotidiano de los recuerdos infantiles, se combina con la imaginación y fantasía de los primeros años de vida.

La pequeña es portavoz del imaginario social respecto a temas como la moral, las buenas costumbres, las expectativas sobre ser mujer o ser varón, el bien y el mal, lo visible y lo oculto que se teje detrás de la puerta de una casa, del hogar.

Las primeras impresiones que trasmite la autora-niña, parecen fragmentos, una suerte de patchwork de recuerdos, de escenas de la vida familiar, de la vida privada, que van apareciendo como flashes en su memoria.

Luego, la narración se va haciendo más cercana, mas fluida, menos fragmentaria, los relatos de las escenas se prolongan más en el tiempo y eso nos permite acercarnos un poco más a la ventana de la vida cotidiana de Gracielita.

A lo largo del relato, vemos cómo la niña va creciendo y desarrollando, cada vez, mayores habilidades motrices y discursivas, que van dando cuenta de un buen nivel intelectual, y una adecuada estimulación y canalización de sus intereses.

La matriz primigenia madre- niño-padre, (Alicia Fernández), se ha conformado adecuadamente, ya que la niña adquiere cada vez mayor autonomía, y se observa su proceso de aprehensión del mundo, desde posturas más intuitivas hasta otras que denotan mayor grado de maduración e incorporación de la lógica de las operaciones concretas, con buenas miras hacia  la abstracción.

Podemos pensar este momento de su desarrollo, desde las conceptualizaciones de Piaget, (asimilación- acomodación), desde las de Castorina, (epistemología genética), y desde las de Alicia Fernandez, (matriz vincular), donde la inteligencia se autoconstruye inter-accionalmente ).

Pensamos con Alicia Fernández, de qué modo se construyen los aprendizajes en el relato.

En este colectivo social, el saber está en manos de los adultos; son ellos los que saben ser y saben hacer, y se prestan como modelo a imitar y portadores del “saber a enseñar”.

Son ellos los que detentan el poder de trasmitir, de compartir los saberes, o de ocultarlos. Los que ejercen el poder, a través del disciplinamiento, y sus diversas formas sutiles de encauzamiento de trayectorias teñidas  del temor a Dios. Todo esto, va entretejiendo el entramado subjetivo-socio-cultural y alimentando el (súper-yo) y las estructuras congnitivo-emocionales que irán desarrollando sus mecanismos auto-regulatorios.

Nosotros, los de entonces… ya no somos los mismos”.

Pablo Neurda.

La niña realiza gran parte de sus aprendizajes escolares dentro del seno del hogar, pero también hay aprendizajes en el contexto escolar y extraescolar, con una fuerte impronta afectiva y significatividad en su maduración, que imprimen huellas en su personalidad, y se resignifican al interior del núcleo familiar, produciendo algunas transformaciones a los modelos paternos.

Esos padres, que han recibido su propia “codificación”, (al modo que lo conceptualiza Bleichmar), y han hecho su proceso de des-simbolización de la matriz primigenia, hasta encontrar su propia modalidad de aprendizaje, su propia manera de “estar-en-el mundo”, ya no son los mismos después de haber tenido a Gracielita. Todo hijo produce de alguna forma, en menor o en mayor grado, una especie de “ruptura epistemológica”, con las cosmovisiones, teorías y modelos de los padres, que inevitablemente, los llevarán a re-encontrarse con nuevas significaciones y hará re-significar su propia matriz vincular significante.

No obstante, siguiendo a Alicia Fernandez, a pesar de los “secretos de familia”, no observamos en la niña una modalidad de aprendizaje sintomática, pues no hay inhibición por parte de ella de su avidez por conocer; por el contrario, el deseo y la motivación del conocer y el aprender, su tendencia epistemofílica, es sumamente notoria.

Sin duda, esta modalidad activa, esta adaptación inteligente de Gracielita, se ve favorecida tanto por la actitud de los padres como de la abuela, quienes procuran ir respondiendo a sus preguntas paulatinamente a medida que crece.

Se observa además, que la persistencia en las preguntas de la niña, hace posible el promover en los adultos la capacidad para buscar respuestas en la medida de sus posibilidades, y también para ser tolerantes respecto a las atribuciones simbólicas de significado que hace la pequeña, a sus procesos de asimilación a sus esquemas internos, (Piaget, Castorina), ante su necesidad de explicar los sucesos del mundo que la rodea.

La niña, en su proceso de internalizacion de los instrumentos culturales, va transcurriendo diferentes etapas evolutivas en la construcción de su subjetividad, desde esa subjetividad que tiene como punto de partida el encuentro fundante en el otro y con el otro. Ese otro que se ofrece como mediador entre el yo y la cultura, y que al igual que el sujeto cognoscente, se transforma en el mismo acto de interacción, (Vigotsky, Castorina).

“Nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos”

E. Galeano

El texto contiene muchas expresiones costumbristas, prejuicios, refranes, mitos, ideas propias de la cosmogonía infantil, del pensamiento mágico de los años precoces.

Los recuerdos de la niña, su mirada catalogadora y curiosa, nos permite asomarnos al micro-mundo de lo privado de la vida familiar, exponiendo, corriendo el velo de las apariencias que esforzadamente mantienen el estatus quo.

“¿Dónde están los cajones con los indios muertos?”

G. Cabal

Graciela nos lleva de la mano a correr con su perro Coco, nos hace novia de Cachito y Cholito, nos hace recorrer el  famoso panteón familiar, nos incomoda  con sus preguntas, pero…, ¿Dónde están enterrados los indios?, y nos hace partícipes de sus peores “pecados” no confesados.

El relato nos contagia el ritmo hiperactivo de la niñez de pueblo, nos imbuye de una tibia inocencia por momentos, de la polaridad entre lo buenísimo y lo malísimo, y nos hace deslizar por los bordes de la transgresión infantil.

“El que quiere nacer tiene que destruir un mundo”

H. Hesse.

La preocupación por el cuerpo, por “hacerse señorita”, la enredan en un devenir de transformaciones, donde  debe reajustar la imagen que tiene de sí misma, enfrentándose a su propio cuerpo que de pronto se le presenta con un aspecto insólito, debido al rápido crecimiento físico.

El discurso de los adultos, que se “cuela” a través de la palabra de la niña, nos deja bucear en un océano de turbulencias, los reproches, las peleas de pareja, las atribuciones de culpas, las agresiones encubiertas a través de la ironía.

Todo el relato es atravesado por una melodía de piano, como si las etapas de desarrollo de la niña, fueran compases, vibrando en el pentagrama de la vida.

La casa, territorio materno, lugar de los afectos, y de los secretos, matriz original de los sueños y los miedos. Escenario de ensayo para la vida del “afuera”, lugar de la transgresión y la reproducción de modelos ancestrales, donde se asumen y se adjudican roles, lugar del Edipo, y la sexualidad infantil, de los amores prohibidos, y los muertos de amor de la abuela.

La escuela, territorio del padre, el lugar donde Gracielita es líder, es dueña de su espacio y su tiempo, y donde descubre aquella trama del mundo que se le oculta en la casa. “- Ya estoy avivada, creo”.

“Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo” J. L Borges..

Llega el día del acto de fin de cursos, momento fundamental, en el que Gracielita dará un paso hacia un nuevo mundo, el mundo de los adolescentes, ese mundo bisagra entre el niño y el adulto, que provoca tanta angustia, tanto desconcierto. Un mundo al que el niño quiere y no quiere ingresar.

En latín la palabra adolescentia, proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo como se sostuvo bastante tiempo,  haciendo de esta palabra un sinónimo de doler, padecer,  sino de ad y oleo y su incoativo olesco. Este verbo expresa la idea de el crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor”. Los romanos, le daban el significado: “el que porta el fuego de la vida nueva”.

La pubertad y la adolescencia son los periodos de la vida que van preparando al niño para enfrentarse a una serie de cambios fisiológicos y psicológicos, que lo irán introduciendo paso a paso en el mundo adulto.

El discurso de la niña, es un discurso de cierre de una etapa, e inaugural de otra.

Graciela, vuelca en él a manera de videogramas de una película, rudimentariamente ensamblados, toda su vida hasta al momento, mezcla personajes y escenas reales, con la Otra escena, la del deseo, la del fantasma.

Su discurso está cargado de irritación, hostilidad y amor, desencanto, sexualidad, temor, admiración, ingenuidad y ternura, y esperanzada incertidumbre por el futuro, que va deslizando cual suaves pinceladas sobre el incesante lienzo de la vida.

Ella sabe, presiente, que en ese lugar donde no sabe, está todo lo aprendido,  todos los libros, todas las palabras, todos los abrazos, todos los deseos de deseos que han cuajado en la encrucijada de su ontogenia y filogenia, y que  ya se le han hecho propios, han anidado en las profundidades de su ser,  donde han estado macerándose tranquilamente con  las voces familiares que serán su base para ir descubriendo el camino donde encontrar su propios significantes.

Silvia Pérez Fonticiella

Neuropsicóloga

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