RSS
Imagen

LA NEUROSIS DEL ESPACIO SOCIAL.

30 Mar

LA NEUROSIS DEL ESPACIO SOCIAL.

Los destinos individuales, están atravesados siempre por una lógica de la distribución, que tiende a mantener a cierto grupos de individuos en una estructura social estable y jerárquica, y una lógica de la historicidad que lleva al hombre en general, a conformarse con lo que “hereda”, y sólo una circunstancia que lo sacuda muy profundamente, podrá llegar a subvertir lo que siente como destino, y empujarlo a producir un nuevo lugar, a construirse sobre la diferencia. Silvia Pérez Fonticiella.

“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.
En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se agostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.”

“Llegó la aurora, pero no el día. En el cielo gris apareció un sol rojo, un débil
círculo que daba poca luz, como en el crepúsculo; y conforme avanzaba el día, el
anochecer se transformó en oscuridad y el viento silbó y lloriqueó sobre el maíz
caído.
Los hombres y las mujeres permanecieron acurrucados en sus casas y para
salir se tapaban la nariz con pañuelos y se protegían los ojos con gafas. La noche
que volvió era una noche negra, porque las estrellas no pudieron atravesar el
polvo para llegar abajo, y las luces de las ventanas no alumbraban más allá de
los mismos patios. El polvo estaba ahora mezclado uniformemente con el aire,
formando una emulsión equilibrada. Las casas estaban cerradas a cal y canto, y
las puertas y ventanas encajadas con trapos, pero el polvo que entró era tan fino
que no se podía ver en el aire, y se asentó como si fuera polen en sillas y mesas,
encima de los platos. La gente se lo sacudía de los hombros. Pequeñas líneas de
polvo eran visibles en los dinteles de las puertas.
A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de
polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama,
oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento
desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego
cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron
inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo
tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó
como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante
todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta
uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de
las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los
árboles.
Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se
cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las
casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia.
Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder,
muriendo deprisa ahora, sólo un poco de verde visible tras la película de polvo.
Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse
junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a
hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se
perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca,
dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos
en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron
furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron
líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua
con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros
atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros
y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban
seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué
vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No sé. Pero estaban en buen camino.
Las mujeres supieron que la situación tenía arreglo, y los niños lo supieron
también. Unos y otros supieron en lo más hondo que no había desgracia que no
se pudiera soportar si los hombres estaban enteros. Las mujeres entraron en las
casas para comenzar a trabajar y los niños empezaron a jugar, aunque
cautelosos. A medida que el día avanzaba, el sol fue perdiendo su color rojo.
Resplandeció sobre la tierra cubierta de polvo. Los hombres, sentados a la puerta
de sus casas, juguetearon con palitos y piedras pequeñas; permanecieron
inmóviles sentados, pensando y calculando”
LAS UVAS DE LA IRA Cap.I JOHN STEINBECK.

Anuncios
 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: