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SEMBLANZA DE LA ABUELA.

27 Mar

SEMBLANZA DE LA ABUELA.

Entronizada en la cóncava oquedad que fractura la docta simetría de anaqueles de cedro de la biblioteca, encontraba la abuela, su lugar en el orbe. Su figura robusta pero proporcionada, se dejaba caer en su sillón de mimbre preferido.
Lucia la observaba absorta y pensativa, a través del pequeño ángulo agudo que formaba la puerta entreabierta que comunica con la galería.
Viéndola desde lejos, su figura parecía siempre triste, como si estuviera presa de una bandada de nostalgias, casi como poblada de campanillas mutiladas.
La abuela, era una mujer especialmente hermosa, con esa belleza añejada por la cultura, los buenos modales y la plenitud que brinda el vivir en forma coherente con sus valores. A pesar de tener un buen pasar económico, siempre había privilegiado cultivar su mundo interno, respecto a llevar una vida de consumismo desenfrenado.
A veces, en esas tardes donde la lluvia montevideana lamía mansamente los vidrios de la galería, la cadenciosa voz de la abuela reconstruía fragmento a fragmento etapas de su infancia y su juventud, y de ese modo, Lucía iba descubriendo ese misterioso y exótico caleidoscopio humano en sus múltiples recomposiciones.
El padre de la abuela, tenía una pequeña fábrica de zapatos, que constituida un emprendimiento importante, para aquellas primeras décadas del siglo XX , en una ciudad llamada “la tacita de plata”, debido a la importante influencia europea y europeizante de las familias que formaban la clase comerciante y dirigente de la sociedad montevideana.
De este modo, tanto la abuela, como sus ocho hermanos, habían tenido posibilidades de estudiar y acceder a una calidad de vida cómoda, acorde a su posición económica y social.
Según sus propios recuerdos, tuvo la abuela una educación representada especialmente por el personaje del genio Ariel, aquel, de la Tempestad de Shakespeare: el imperio de la razón y el sentimiento, sobre los bajos estímulos de la irracionalidad.
Sus padres, influenciados por la cultura europea, honraban su casa con la noble presencia de libros, a los que la abuela devoraba con gran avidez, y que fueron forjando su personalidad y templando su carácter en una actitud de incisivo interrogatorio a la vida, de reflexiva curiosidad y de perseverancia en el buceo de las profundidades abisales del espíritu.
De este modo, la abuela no solamente era una señora de sociedad amable que invitaba a sus amigas a tomar el té, cada reunión en su casa, era un excusa para debatir temas que en esos tiempos incluso estaban vedados a las mujeres, una excusa para crear conciencia de género, para liberar sus pájaros-palabras en busca de otros nidos habitables donde se hiciera fértil la simiente de nuevos retoños.
Su voz cadenciosa y dulce, contrastaba con su postura vigorosa y decidida a la hora de tomar determinaciones, o establecer algún propósito.
Sus gestos entusiastas, su mirada sagaz, su pensamiento reflexivo y analítico, revelaban una mujer dispuesta a desarrollar la plenitud de su ser, y esto lo ejemplificaba con una frase de Rodó que ella amaba: “cada individuo humano debe ser ante todo un ejemplar no mutilado de la humanidad”, y en esta noble construcción de su identidad y razón , la abuela contagiaba de amor a la vida y voluntad de ser, a todos los que la rodeaban.
Un mechón de su cabello-noche, caía sobre sus pómulos que cual pétalos de rosa, parecían macerados por el tiempo, mientras que el resto de su cabellera permanecía esbeltamente sujeta en un moño.
Mantenía firmemente el libro con una mano, mientras que la otra, permitía que su mejilla derecha reposara calmadamente sobre ella. Su boca pequeña, apenas una flor de cerezo bocetada, liberaba una tierna sonrisa que ilumina el aire de chispas.
La manos de la abuela, parecían blancas palomas a punto de volar, delicadas, pequeñas, con dedos estilizados como cuello de garzas, y unas uñas perfectas, con toques de besos carmesí.
Su piel era tan blanca, y sus ojos dos esmeraldas engarzadas entre cabellos negro azabache. A Lucia le parecía como salida de una de esas imágenes que veía en las enciclopedias de pintura de la biblioteca donde había reproducciones de la Capilla Sixtina, de las obras del Museo del Louvre, la abuela era eso, se decía, una doncella nacida del pincel de un Miguel Angel o un Leonardo Da Vinci.
La abuela era eso… pensó Lucía, un fueguito Galeano, porque quien se le acerca, se enciende.
Silvia Pérez Fonticiella.

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