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Archivos Mensuales: agosto 2013

Pacientes con migraña crónica muestran un menor rendimiento cognitivo – Revista de Neurología

 

Pacientes con migraña crónica muestran un menor rendimiento cognitivo – Revista de Neurología.

 

Descubren regiones genéticas relacionadas con las migrañas – Revista de Neurología

 

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Phototherapy: An Effective Treatment for Pediatric Atopic Dermatitis

 

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The Smith-Lemli-Opitz syndrome and Autism

 

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Crows Show Off Their Social Skills: Scientific American

 

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Combination of two imaging techniques allows new insights into brain function

 

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Researchers discover how inhibitory neurons behave during critical periods of learning

 

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Researchers find essential brain circuit in visual development

 

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BORGES – EL JARDÌN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

BORGES  -  EL JARDÌN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

Jorge Luis Borges
(1899–1986)

EL JARDÍN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN
(El jardín de senderos que se bifurcan (1941;
Ficciones, 1944)
A Victoria Ocampo

EN LA PÁGINA 242 de la Historia de la Guerrra Europea de Lidell Hart, se lee que una ofensiva de trece divisiones británicas (apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería) contra la línea Serre-Montauban había sido planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del día 29. Las lluvias torrenciales (anota el capitán Lidell Hart) provocaron esa demora —nada significativa, por cierto. La siguiente declaración, dictada, releída y firmada por el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en laHochschule de Tsingtao, arroja una insospechada luz sobre el caso. Faltan las dos páginas iniciales.
“… y colgué el tubo. Inmediatamente después, reconocí la voz que había contestado en alemán. Era la del capitán Richard Madden. Madden, en el departamento de Viktor Runeberg, quería decir el fin de nuestros afanes y —pero eso parecía muy secundario, o debería parecérmelo— también de nuestras vidas. Quería decir que Runeberg había sido arrestado o asesinado[1]. Antes que declinara el sol de ese día, yo correría la misma suerte. Madden era implacable. Mejor dicho, estaba obligado a ser implacable. Irlandés a las órdenes de Inglaterra, hombre acusado de tibieza y tal vez de traición ¿cómo no iba a brazar y agradecer este milagroso favor: el descubirmiento, la captura, quizá la muerte de dos agentes del Imperio Alemán? Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que es día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí… El casi intolerable recuerdo del rostro acaballado de Madden abolió esas divagaciones. En mitad de mi odio y de mi terror (ahora no me importa hablar de terror: ahora que he burlado a Richard Madden, ahora que mi gasrganta anhela la cuerda) pensé que ese guerrero tumultuoso y sin duda feliz no sospechaba que yo poseía el Secreto. El nombre del preciso lugar del nuevo parque de artillería británico sobre el Ancre.Un pájaro rayó el cielo gris y ciegamente lo traduje en un aeroplano y a ese aeroplano en mucho (en el cielo francés) aniquilando el parque de artillería con bombas verticales. Si mi boca, antes que la dehiciera un balazo, pudiera gritar ese nombre de modo que los oyeran en Alemania… Mi voz humana era muy pobre. ¿Cómo hacerla llegar al oído del Jefe? Al oído de aquel hombre enfermo y odioso, que no sabía de Runeberg y de mí sino que estábamos en Staffordshire y que en vano esperaba noticias nuestras en su árida oficina de Berlín, examinando infinitamente periódicos… Dije en voz alta: Debo huir. Me incorporé sin ruido, en una inútil perfección de silencio, como si Madden ya estuviera acechándome. Algo -tal vez la mera ostentación de probar que mis recursos eran nulos—me hizo revisar mis bolsillos. Encontré lo que sabía que iba a encontrar. El reloj norteamericano, la cadena de níquel y la moneda cuadrangular, el llavero con las comprometedoras llaves inútiles del departamento de Runeberg, la libreta, un carta que resolví destruir inmediatamente (y que no destruí), el falso pasaporte, una corona, dos chelines y unos peniques, el lápiz rojo-azul, el pañuelo, el revólver con una bala. Absurdamente lo empuñé y sopesé para darme valor. Vagamente pensé que un pistoletazo puede oírse muy lejos. En diez minutos mi plan estaba maduro. La guía telefónica me dio el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia: viviía n un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren.
Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe… Lo hice, porque yosentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí. Yo quería probarle que un amarillo podía salvar a sus ejércitos. Además, yo debía huir del capitán. Sus manos y su voz podían golpear en cualquier momento a mi puerta. Me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñé la calle tranquila y salí. La estación no distaba mucho de casa, pero juzgué preferible tomar un coche. Argüí que así corría menos peligro de ser reconocido; el hecho es que en la calle desierta me sentía visible y vulnerable, infinitamente. Recurdo que le dije al cochero que se detuviera un poco antes de la entrada central. Bajé con lentitud voluntaria y casi penosa; iba a la aldea de Ashgove, pero saqué un pasaje para una estación más lejana. El tren salía dentro de muy pocos minutos, a las ocho y cincuenta. Me apresuré: el próximo saldría a las nueve y media. No había casi nadie en el andén. Recorrí los coches: recuerdo a unos labradores, una enlutada, un joven que leía con fervor los Anales de Tácito, un sodado herido y feliz. Los coches arrancaron al fin. Un hombre que reconocí corrió en vano hasta el límite del andén. Era el capitán Richard Madden. Aniquilado, trémulo, me encogí en la otra punta del sillón, lejos del temido cristal.
De esa aniquilación pasé a una felicidad casi abyecta. Me dije que estaba empeñado mi duelo y que yo había ganado el primer asalto, al burlar, siquiera por cuarenta minutos, siquiera por un favor del azar, el ataque de mi adversario. Argüi que no era mínima, ya que sin esa diferencia preciosa que el horario de trenes me deparaba, yo estaría en la cárcel, o muerto. Argüí (no menos sofísticamente) que mi felicidad cobarde probaba que yo era hombre capaz de llevar a buen término la aventura. De esa debilidad saqué fuerzas que no me abandonaron. Preveo que el hombre se resignarña cada día a empresas más atroces; pronto no habrá sino guerreros y bandoleros; les doy este consejo: El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado. Así procedí yo, mentras mis ojos de hombre ya muerto registraban la fluencia de aquel día que era tal vez el último, y la difusión de la noche. El tren corría con dulzura, entre fresnos. Se detuvo, casi en medio del campo. Nadie gritó el nombre de la estación. ¿Ashgrove? les pregunté a unos chicos en el andén.Ashgrove, contestaron. Bajé.
Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de la sombra. Uno me interrogó: ¿Usted va a casa del doctor Stephen Albert?. Sin aguardar contestación, otro dijo: La case queda lejos de aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental, arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme. Por un instante, pensé que Richard Madden había penetrado de algún modo mi desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eeso era imposible. El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberintode laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita.El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines,cursos de agua, ponientes. Llegué, así, a un alto portín herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y dijo lentamente en mi idioma:
—Veo que el piadoso Hsi P’êng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno e nuestros cónsules y repetí desconcertado:
—¿El jardín?
—El jardín de los senderos que se bifurcan-
Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
—El jardín e mi antepasado Ts’ui Pên.
—¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador e la Dinastía Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos siglos, de ese color azul que nuestros antepasados copiaron de los alfareros de Persia…
Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino; después me refirió que había sido misionero en Tientsin “antes de aspirar a sinólogo”.
Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
—Asombroso destino el de Ts’ui Pên —dijo Stephen Albert—. Gobernador de us provincia natal, docto en astronomía, en astrología y enm la interpretación infatigable de los libros canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso lecho, de los banquetes y aun de la erudición y se enclaustró durante trece años en el Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino manuscritos caóticos. La familia, como acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego; pero su albacea —un monje taoísta o budista— insistió en la publicación.
—Los de la sangre de Ts’ui Pên -repliqué— seguimos execrando a ese moje. Esa publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorio. Lo he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En cuanto a la otra empresa de Ts’ui Pên, a su Laberinto…
—Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
—¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo…
—Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts’ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pên murió; nadie, en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts’ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
—Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las 1001 Noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a referir textualmente la historia de Las 1001 Noches, con riesgo de llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica, hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de sus mayores. Esas conjeturas me distrajeron; pero ninguna me parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los contradictorios capítulos de Tsúi Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado.Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts’ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts’ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones.Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable, leeremos unas páginas.
Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo capítulo épico. En la primera un ejército marcha hacia una batalla a través de una montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el que hay una fiesta; la resplandeciente batalla le parece una continuación de la fiesta y logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un imperio remoto me las restituyera, en el curso de un desesperada aventura, en una isla occidental. Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento secreto: Así combatieron los héroes, tranquilo eñ admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y morir.
Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible, intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más íntima y que ellos de algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
— No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable. Ts’ui Pên fue un novelista genial, preo también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclama —y harto lo confirma su vida— sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que no figura en las páginas del Jatdín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo. ¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stephen Albert me dijo:
—En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
Refelxioné un momento y repuse:
—La palabra ajedrez.
—Precisamente -dijo Albert-, El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el espacio; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que prefirió, en cadda uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts’ui Pên. He confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído restablecer, el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todasla posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
—En todos —articulé no sin un temblor— yo agradezco y venero su recreación del jardín de Ts’ui Pên.
—No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisbles personas. Esas personas eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre; pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero y era el capitán Richard Madden.
—El porvenir ya existe —respondí—, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la carta?
Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que propusierona Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera asesinado por un desconocido, Yu Tsun. El Jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y que no hallé otro medio que matar a una persona con ese nombre. No sabe (nadie puede saber) mi innumerable contrición y cansancio.

[1] Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática al portador de la orde de arrestro, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su muerte. (Nota del Editor.)

 

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La Sociologìa Clìnica – Entrevista a la Dra Ana Ma. Araujo.

La Sociologìa Clìnica - Entrevista a la Dra Ana Ma. Araujo.

Atenea 490 – II Sem. 2004: 177-189

ENTREVISTA

Diálogo con Ana María Araújo

Sociología Clínica, una epistemología para la acción

Jorge Ariel Madrazo

Ensayista, escritor y poeta. Buenos Aires, Argentina. E-mail: arielmadrazo@ciudad.com.ar
RESUMEN

La entrevistada enfatiza los conceptos teórico-prácticos fundamentales de la sociología clínica, en cuyo marco trabaja replanteando –y proponiendo estrategias de salida– en cuanto al impacto de los problemas del desempleo y otras situaciones de exclusión sobre la subjetividad de los actores sociales. Esta praxis insiste en que para aprehender el hecho social se necesita de un pensamiento pero más aún, de una actitud capaz de articular las dimensiones psico-simbólica y socio-histórica. Sin descartar el uso de los datos de la sociología tradicional, Araújo integra una corriente que reivindica una nueva relación, transferencial y contratransferencial, emocional y de escucha real entre “sujeto-sujeto”, y la articulación con el inconsciente cultural. Por ello, no concibe una labor investigadora que no se proponga una incidencia para la transformación del contexto político-social. Explica la tarea que desarrollan con trabajadores desempleados en barrios de Montevideo y otras ciudades uruguayas como Salto y Paysandú, así como con sindicatos, instituciones y universidades del país y del exterior.

Palabras claves: Dimensión psico-simbólica, historias de vida, actor social, desempleo, cambio.

ABSTRACT

In this interview, the investigator emphasizes the main theoretical-practical concepts of Clinic Sociology, in the framework of which she works, reconsidering and proposing strategies for finding a way out, as regards the impact of problems derived from unemployment -and other situations of social rejection- affecting the subjective life of social performers. This praxis points out that, in order to apprehend the social fact, faculty of thought is required but, even more important, an attitude capable of articulating the psycho-symbolic and social-historical dimensions. Without rejecting the contributions of traditional Sociology, Araújo integrates a current which recovers the importance of a new emotional relation, transferential and counter-transferential and of real listening subject-to-subject; as well as the articulation with the cultural unconscious. For this reason, she cannot conceive a research task which does not aim at an incidence to modify the social-political context. She explains the labor being developed with unemployed workers in neighborhoods of Montevideo and other cities like Salto and Paysandú, as well as with workers’ unions, institutions and universities of Uruguay and foreign countries.

Keywords: Psycho-symbolic dimension, life stories, social performer, unemployment, changes.

Ana María Araújo (Montevideo, Uruguay) es doctora en Sociología, Universidad París I, Panthéon Sorbonne, y DEA (Diploma de Estudios en Profundidad) en Psicología, Ecole Practique des Hautes Etudes en Sciences Sociales, París, Francia; posee una Maestría de Filosofía en la Universidad René Descartes de Estrasburgo, Francia. Investigadora Asociada del “Laboratoire de Changement Social”, Univ. París VII. Profesora e investigadora de la Universidad de la República, Uruguay, en la Facultad de Psicología y en la de Humanidades y Ciencias de la Educación. Ha publicado numerosos libros en Francia, Chile, Grecia y en su país.

Evitar la doble trampa de enfocar la vivencia subjetiva de lo social sin un entorno conceptual y teórico, y lo social sin la vida como deseo y conflictividad, única e inmanente: de eso se trata.

Las palabras –en diálogo con Atenea– de la prestigiosa investigadora uruguaya Ana María Araújo enfatizan una postura sustancial en el marco de la sociología clínica. Una corriente fuertemente renovadora que tutela el campo de investigación-acción de esta psicosocióloga cuya praxis, así como su corpus teórico, se han enriquecido gracias a los años de batallar político-social y al estudio e investigación en latitudes tan diversas como Francia, Canadá, Estados Unidos, Chile y la Argentina. Labor teórica y práctica que continúa hoy en América y en Europa a través de seminarios, proyectos comunitarios e investigaciones al frente de diversos equipos académicos. Enfocada, además, en el trabajo con grupos humanos en situación de desarraigo o marginación social y cultural; en particular, de exclusión social y desempleo.

Freud, Horkheimer, Sartre, Reich, son algunos de los grandes pensadores cuyos aportes epistemológicos fecundaron sustancialmente esta concepción. Ensanchados y desarrollados, luego, por importantes pioneros contemporáneos: desde Cornelius Castoriadis –entre otros “clásicos” modernos– hasta los fundadores y referentes claves de la sociología clínica: Georges Devereux, Vincent de Gaulejac, Jacques Rhéaume, Max Pagés, Eugène Enriquez…

En tal marco conceptual, destaca Araújo, surge el desafío de articular lo teórico con la acción “trabajando el binomio hombre-sociedad desde una actitud nómade, sin esquemas referenciales teóricos que pretendan dar respuesta a todo y totalizar el mundo y la vida”. En otras palabras: “se trata de atreverse a transgredir la norma de un análisis socio-económico esclerosado, o de un psicoanálisis centrado solamente en “la falta”: la sublimación y la ley. Intentamos, por el contrario, incursionar en un territorio donde los fantasmas existen y el imaginario es real”.

Araújo no duda en citar un caso altamente ilustrativo y que remite a toda suerte de problemas actuales: “Después de Wilhelm Reich, por dar sólo un ejemplo, parece ya imposible analizar el racismo en la actualidad, basándonos exclusivamente en un análisis marxista materialista-histórico; esto es, sin tener en cuenta el peso de lo irracional y de los fantasmas colectivos, y sin interpretar la autoridad y la imagen del padre”.

Es básica la comprensión de que “nadie, ni seres humanos ni comunidades, puede eludir el deseo. El complejo fenómeno llamado ‘hecho social’ no escapa al juego de las pulsiones. Un juego donde hombres y mujeres se viven, en sí mismos, conflictivamente tironeados entre el reconocimiento de su deseo y el deseo de reconocimiento. O identificación”. Ello implica que el hecho social necesita, para ser aprehendido, de un pensamiento pero más aún, de una actitud capaz de articular las dimensiones psico-simbólica y socio-histórica, resalta Araújo.

Tal comprensión es un elemento fundante dentro de la orientación epistemológica de la sociología clínica, cimentada en el reconocimiento de que el actor social es la clave de toda investigación social y psicológica. Por tanto: para conocer, profundizar e interpretar su palabra es necesario acercarse a su dimensión “inconsciente”.

Araújo hace hincapié, aquí, en el concepto de “inconsciente cultural” de Devereux, quien en su obra Ensayos de etnopsiquiatría general, Barcelona, 1973, resaltó: “Cada cultura permite a ciertas fantasías, pulsiones y otras manifestaciones del psiquismo, acceder y permanecer en un nivel consciente, y exige que otras sean reprimidas. Por ello, los miembros de una misma cultura poseen en común un cierto número de conflictos inconscientes que los caracterizan, los identifican”. Reconocer dicho inconsciente cultural se convierte así en un prerrequisito para (conjuntamente con los actores sociales) comprender la realidad social. Y transformarla.

Seguidamente, los tramos esenciales de este diálogo que deja vislumbrar un riquísimo ámbito de ideas y de acción, conjugadas en un interjuego incesante y dinámico:

–¿Podría ampliar un poco más lo relativo a la génesis de la sociología clínica?

–Un antecedente fundamental fueron las ideas de Devereux como antropólogo y psicoanalista. Otro, más lejano, la Escuela de Frankfurt en su interés por unir lo social, lo político y lo psicológico; esto es: el inconsciente. Asimismo, hay que resaltar el importante papel de Carl Rogers en la esfera de la psicología y en la concepción de la no direccionalidad de la entrevista durante la investigación. También, el vasto movimiento que se dio en Francia, en Europa y el mundo entero en el ’68, por lo que significó para el cuestionamiento de unas ciencias sociales mucho más ligadas a lo cuantitativo, y a lo supuestamente objetivo, que a lo vivencial y a lo subjetivo-cultural.

Esta orientación nace entonces en París alrededor de los años 70-80, y estoy convencida de que el hecho de haber conocido personalmente a De Gaulejac, sociólogo con una fuerte formación en trabajo social y en psicoanálisis, y de estar buscando yo misma salirme de una sociología donde prevalecía lo descriptivo y que no daba cuenta de las vivencias del ser humano y de la sociedad como tal, me hizo bucear en la psicología y el psicoanálisis: la psicología social, fundamentalmente.

Vincent de Gaulejac estaba echando las bases de esta concepción en el Laboratorio de Transformación Social –Le Laboratoire du Changement Social–, que él dirige, de la Universidad de París VII. Sobre todo a través de él y de su experiencia en investigación, como también de Enriquez, otro investigador francés que es hoy profesor emérito en la Universidad de París VII, y junto a Jacques Rhéaume, quien se imbrica en esta corriente desde Montreal en el Canadá francófono, va generándose a nivel internacional una importante red entre investigadores universitarios. Hoy por hoy, la sociología clínica está insertada de una u otra manera en el mundo. Por supuesto, lo está en Francia, Bélgica, Suiza, Italia, Grecia, sorprendentemente en la actual Rusia, y en América Latina: esencialmente en Brasil, de forma muy notoria en distintas universidades; además, en Uruguay –en especial en Montevideo y ahora en Salto–; y en México, Chile y Santo Domingo. En República Dominicana, justamente, estamos trabajando ya hace dos o tres años con un grupo en el que actúan, entre otros compañeros, la socióloga Patricia Revagliatti y un núcleo muy interesante de investigadores y profesores.

Y se realizan congresos anuales. Algunos solemos reunirnos en los congresos de la Asociación Internacional de Sociología, cada cuatro años. Pero también convocamos nuestros propios congresos: el próximo tendrá lugar en Nápoles, en el 2005. Dichos encuentros han venido celebrándose en América Latina, en Canadá y en Europa durante todos estos años.

–Desde tales orientaciones teóricas, ¿en qué medida y forma el actor social influye en su trabajo como investigadora?

–En este momento, y desde hace mucho tiempo, yo estoy trabajando sobre las repercusiones psico-sociales y culturales del desempleo en el Uruguay de hoy; los desempleados son los actores sociales. Cuando trabajé acerca de la prostitución, lo eran las prostitutas. Los actores sociales cambian. Y ese actor social, para expresarse y llegar –también él– a profundizar en su mundo cotidiano, necesita por parte del investigador una actitud de escucha. De comprensión empática. Y cuando digo así, hablo de pathos; del afecto que necesariamente debe establecerse a medida que la investigación se va profundizando. De la importancia que reviste una actitud transferencial y contratransferencial, tanto del actor social hacia el investigador como de éste hacia aquél.

En manifestación por la reforma estudiantil, París, 2003.
Con el psicólogo uruguayo prof. Juan Carlos Carrasco (de barba) y el psicosociólogo prof. Eugéne Enriquez, directivo del Comité Internacional en Sociología Clínica.
Esto, por cierto, es difícil de lograr, pero estamos convencidos de que si no existe la capacidad de llevar adelante una empatía y una buena transferencia en la investigación, ésta quedará en el nivel de lo manifiesto. De lo dicho. Pero no se podrá alcanzar todo aquello no dicho y latente, esencial en nuestro tipo de investigación. Considero importante, sí, respaldarse en las estadísticas, encuestas y metodologías cuantitativas, como una aproximación a nuestra temática. Pero, sin duda, la aprehensión profunda del problema o hecho social que uno estudia pasa necesariamente por una nueva actitud entre sujeto y sujeto.

–Además, ambos en un plano de paridad, ¿no es así?

–Evidentemente. Siempre recuerdo un diálogo entre Alain Touraine y De Gaulejac: Touraine dice, en un momento: “El hecho social es el que, en sí mismo, nos da los elementos para interpretarlo”. Y De Gaulejac le responde: “Sí, pero son los actores sociales los más capacitados para resignificar ese hecho social”.

–Es decir, los propios protagonistas…

–Los propios protagonistas. Por eso hablaba antes de una actitud de escucha y, también, de humildad epistemológica. En el sentido de que, como psicosociólogos, es importante reconocer que no hay absolutos, que la verdad se va construyendo en el diálogo y a través de la escucha con el otro. Y que, en el caso de una población, los sujetos que forman parte de ella son los más aptos para significar su realidad. Esto no pasa necesariamente por la capacidad o la formación intelectual-cultural en el sentido más restrictivo de la palabra “cultura”. Un caso puede ser la prostitución: estoy convencida de que cuando logré establecer una comunicación y un vínculo profundos con algunas prostitutas, ellas estaban mucho más capacitadas para decodificar su sufrimiento –o no– y lo que significa en sus vidas tener al sexo como mercancía. Incluso, para tratar de interpretar las vidas de sus compañeras. En el caso de los desocupados, trabajamos sobre las repercusiones en –y con– el desocupado; no sobre “la” desocupación. Aunque en realidad habría que decir “desempleado”, ya que ocupados estamos todos, sobre todo, la mujer. Y en el curso de estas investigaciones sobre el desempleo nos encontramos con que los hombres y mujeres sin empleo en nuestras sociedades, al describir lo que sienten están dándonos su sensibilidad, su sufrimiento más profundo. Nosotros vamos luego a procurar comprender; a racionalizar y decodificar. Pero siempre a partir de sus palabras y actitudes en tanto protagonistas. Hay en la sociología clínica una concepción muy sartreana de la existencia como posibilidad abierta y construcción: el ser existente, que construye su vida y su historia.

–Ese ida y vuelta teórico-práctico, ¿implica tomar mayor contacto o participar en algún grado de sus vidas y contextos familiares?

–Los antropólogos sociales, sin duda Levy Strauss, Margaret Mead y otras grandes figuras, son los primeros que en ciencias humanas han trabajado mediante la investigación-acción. Y en otros casos por medio de la investigación participante, que no es lo mismo. Devereux, a quien admiro mucho, vivió dieciocho años con los indios Mohave de Baja California, y a partir de eso trabajó sobre su sexualidad, sus mitos, etcétera. No se limitaron a insertarse uno o dos meses en las vidas cotidianas, sino que han consagrado mucho tiempo a aprehender a determinada población. En sociología clínica realizamos un trabajo bastante específico por sus soportes metodológicos, mediante “historias de vida”. Ahora bien: como investigadora creo que es posible acceder a espacios de sus propias vidas pero sólo en la medida en que ellos así lo deseen. No creo en el travestismo epistemológico; por ejemplo, que si voy a trabajar con un sindicato o una curtiembre del norte de Montevideo, deba disfrazarme de obrera y hablar como obrera. Eso sería menospreciar a la gente, a los obreros y a la población que se investiga. Yo soy yo, con mi historia, mi cuerpo y mi forma de hablar. Es importante decir esto, porque uno de los principios de la sociología clínica es la actitud ética ante el otro; saber por qué y para qué hago estas historias de vida, quién soy yo, qué institución me financia y adónde va la investigación que realizo. Explicitar, desde el comienzo “el encuadre” de la misma. Cuento una anécdota: tras publicarse mi penúltimo libro –Impactos del desempleo – Transformaciones en la subjetividad– que junto a trabajos míos incluye los de un equipo que dirigí, organizamos en la Facultad de Psicología el Coloquio Trabajo-No Trabajo con sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, asesores de nuestra investigación, parlamentarios y dirigentes sindicales, así como desempleados de varias fábricas. Habíamos interactuado mucho –incluso en asambleas y en las casas, conversando con sus hijos adolescentes– con los ex obreros de una antigua curtiembre de Nuevo París, un barrio al norte de la ciudad; la empresa había cerrado pero ellos se reunían allí en ocupación permanente para intentar continuar con el trabajo y autogestionarse…; sentían que les iba en ello sus vidas e identidades. Cuando el Coloquio, volvimos a verlos para pedirles participar: tenían muchísimo que decir. Rompieron el miedo y aceptaron felices. Como sabíamos que no tenían dinero para pagar dos ómnibus de ida y dos de vuelta, ofrecimos pagárselos. Nos miraron enojados: “Pero no, compañeros. Venimos viendo todo esto juntos, ¿no? Porque pueden ayudarnos. Y para que esto se denuncie y se difunda. ¿Y ahora nos van a pagar el pasaje? Nosotros lo pagamos. ¡Es un orgullo estar con ustedes ese día, que les quede claro!”. Emocionalmente fue muy fuerte, y ratifica cuán importante es establecer un vínculo mutuo. Y va a lo del travestismo: una sigue siendo una misma, ni obrera desocupada, ni prostituta, ni mujer golpeada.

–¿Cómo se da el primer contacto con los pobladores?

–Para acceder a una población se trabaja con lo que en sociología se llama “informantes calificados”. Ellos nos habilitan y abren las puertas a la dimensión social-simbólica de esa comunidad. Cuando empezamos a trabajar con los obreros de la cervecería Norteña, en Paysandú –otro enclave muy frecuente de nuestra actividad–, expulsados de sus puestos tras ser comprada por la transnacional belga Ambev, una de las más fuertes en muchos países en el rubro bebidas, fuimos a ver a algunos obreros que conocían el tema; a quienes además conocíamos y que estaban llevando adelante la lucha. Eran los más “capacitados” para introducirnos en ese universo simbólico y real. El informante calificado puede ser un sindicalista, un historiador, un maestro, incluso el intendente, o un obrero común que conozca a fondo la situación. Ellos nos desbrozan el camino hacia aquellos con los que haremos, sí, las historias de vida.

–Son los nexos o dialogantes primeros…

–Así es. Ultimamente veíamos que nos faltaban elementos históricos para comprender algunas cosas. Y ahí echamos mano a la bibliografía pero también al referente –un historiador, en este caso de la ciudad de Salto donde trabajamos sobre todo con las cortadoras de naranja–, lo que nos posibilitó dar un marco referencial a las historias de vida. Y articular la historia personal con la colectiva.

–¿Y hasta qué punto esa gente les abre su intimidad?

–La historia de vida tiene distintos soportes metodológicos que es importante desarrollar juntamente con el entrevistado. Tratamos de trabajar en las casas, pero no necesariamente a través de una investigación participante. Ahondamos, por ejemplo, en la historia y el “árbol genealógico”, “el proyecto parental”, las “novelas familiares”, la “trayectoria socio-laboral”, etc. Quizás lo más relevante de toda esta orientación sea la importancia que para nosotros tiene la investigación y su implicación en la realidad social. No concebimos una investigación sin una incidencia en la transformación del contexto sociopolítico que nos rodea. La sociología clínica es una epistemología para la acción, basada en el vínculo teórico entre el campo de lo inconsciente y el social-histórico y en la relevancia dada a lo simbólico y cultural.

Setiembre de 2003, Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires. Acto de la revista Trilce a 30 años del golpe militar en Chile. Izq. a der: León Rozitchner, Ana M. Araújo, Fernando Quilodrán, Omar Lara, Jorge Ariel Madrazo y Juano Villafañe, de la dirección del CCC.
Estos últimos años, en Uruguay, con mi equipo constituido por colegas de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República –en el cual hay gente formada en filosofía y sociología así como psicólogos y antropólogos–, trabajamos especialmente el tema del desempleo. Manejamos, es claro, datos concretos y estadísticos sobre Montevideo y el litoral norte: Salto y Paysandú. Pero lo que más nos importa son las transformaciones en la subjetividad y la vida cotidiana de los seres que están viviendo esta realidad. La sociología clínica nos aporta, en este sentido, una riquísima batería metodológica: desplegamos historias de vida en profundidad, dándole la palabra a los actores sociales; y a la vez, tratando de implicarnos con la vivencia “del otro” aunque resguardando la necesaria distancia para, al mismo tiempo, hacer teoría. Mantener nuestro rol de intelectuales, pero junto y con la población donde estamos trabajando.

Fuimos a trabajar asimismo en barrios carenciados de Montevideo, como Nuevo París o La Teja o El Cerro, con obreros de fábricas vaciadas, elaborando juntos lo que significó su trayectoria laboral, social, familiar.

Esto, ante todo, inyecta una dinámica fundamental para tratar de evitar el aislamiento y generar grupos de reflexión, a través de los cuales se verifica una doble incidencia: en un sentido, el trabajo nos es devuelto a nosotros; porque lo que allí se elabore va a ser un insumo importantísimo de nuestra labor. Pero también repercute sobre el grupo mismo través de la ruptura del aislamiento y de la creación de grupos de desempleados donde interactuamos a la vez sobre la autoestima, los sentimientos de culpa y de vergüenza: eso de sentirse, en algún lugar, impotentes frente a su realidad. El hecho mismo de colectivizar y poner en común lo que se está viviendo a nivel subjetivo, ayuda a verse no como víctimas solitarias sino como producto de una injusticia social a nivel macro. A emerger de una posible cadena de derrumbe en la depresión y la apatía, y muchas veces incluso en la marginalidad y la exclusión.

Esto generó, por parte de algunos sindicatos de trabajadores, la demanda de que nuestro equipo acudiera para realizar un seguimiento y apoyo concretos en circunstancias en las que existió y existe la posibilidad de cierres de fábricas, durante huelgas muy fuertes que hubo y hay en mi país. Esperaban de nosotros –desde la universidad pero conjuntamente con los trabajadores– una labor de sostén, visualización y racionalización de lo que están viviendo y que ellos conocen mejor que nadie. También, claro está, con el fin de aportar una elaboración y una síntesis que posibilitara co–elaborar posibles estrategias de salida. Y de acción.

Tal demanda por parte de sindicatos con una intensa experiencia es muy interesante: muestra que la función sindical no es sólo la de luchar por reivindicaciones concretas y de resguardo de los puestos de trabajo, sino que apunta también a una integración social-cultural. Esta fue, por ejemplo, una de las demandas de la directiva del sindicato de Norteña, comprada, se ha dicho, por Ambev. Cuando Ambev se adueña de la planta en Paysandú, los trabajadores de ese sindicato hicieron una doble demanda: por un lado, el sostén psicosocial, comprendiendo que la lucha concreta debe articularse paralelamente con un trabajo a nivel del individuo y del grupo familiar. Por otro lado, justamente, realizarlo con las familias y en particular las mujeres. Algo de gran significación: cuando la mujer está involucrada en la lucha sindical (aun sin formar parte en este caso particular del sindicato, fundamentalmente masculino), ello posibilita llevar adelante una acción mucho más integral. En Paysandú también trabajamos con otros sindicatos. Es una de las primeras ciudades industriales más importantes del país. Y en estos últimos quince años ha sufrido una crisis feroz, producto de las políticas económicas actuales y de la ruptura de la cadena agro-industrial-comercial de la zona. Paysandú es vivida, en el imaginario social de la sociedad uruguaya toda, como un ciudad paradigmática, heroica, en las luchas por la autonomía e independencia. Lo ha sido ya desde 1864-65, cuando en el célebre sitio de Paysandú murieron 600 hombres resistiendo a las invasiones brasileras por una parte, y de otra los ataques del gobierno capitalino montevideano y de los barcos de guerra ingleses y franceses.

En su estudio, Montevideo.
Otro tanto ocurre en Salto y en la frontera con Artigas, un espacio también emblemático y donde existe una situación de características semifeudales en el trato patrón–trabajador rural.

A través de nuestra investigación fuimos introduciéndonos en ese mundo del Uruguay del Norte, donde ciudades de 30 mil o 40 mil habitantes desaparecieron en su mayor parte; donde familias enteras que se dedicaban a la caña de azúcar quedaron desempleadas tras el cierre de Ancap. Esto implicó para nosotros un fecundo aprendizaje.

Al tiempo que trabajamos, entonces, sobre el hecho puntual del desempleo hoy y aquí, estamos reconstruyendo la memoria colectiva de un pueblo, de una ciudad, de una comunidad; y este tipo de labor es uno de los rasgos que caracterizan a la sociología clínica.

Hace muchos años, en la Introducción a mi primer libro, cité una frase de Octavio Paz: “La conquista de un futuro implica siempre la reconquista de un pasado”. De allí nuestra preocupación por interconectar y articular la historia, la sociología y la psicología. Incluso, en la comunidad global.

–¿Qué tipo de labor realiza, con su equipo, en mancomún con otras entidades del país o del exterior?

–A través de los tres pilares de la Universidad de la República: la docencia, la investigación y la extensión, la Comisión Central de Extensión viene financiando desde hace varios años nuestro trabajo en dichas zonas. E importa señalar que en el ámbito de la Junta Nacional del Empleo, constituida por la representación de los trabajadores a nivel central –el PIT-CNT– así como por los delegados de la asociación empresarial y del gobierno, hemos mantenido fluidos contactos con los representantes de los trabajadores. A partir de eso estamos elaborando un programa nacional para instituir Centros de Atención y Apoyo a los desempleados, tanto en lo psicosocial como en lo jurídico, ya que en la jurisprudencia hay una gran laguna en lo relativo al nuevo tipo de desempleo y también respecto del trabajo precario o informal, la flexibilización y desregulación del trabajo. Otra faceta básica es la económico-financiera: cómo generar posibilidades sobre la base de cooperativas y de creación de pequeñas empresas, con el debido asesoramiento. Veremos qué sucede con este programa, en el que estamos trabajando pero que debe tener un respaldo e impulso a nivel nacional.

Paralelamente, durante cierto tiempo hemos sido consultores de la Organización Internacional del Trabajo, OIT, en lo que se refiere al ya citado –y esencial– apoyo psicosocial al trabajador desempleado.

Al cabo de la entrevista queda impresa con fuerza, en el grabador y en la conciencia, la propuesta activa de Ana María Araújo: “Romper los círculos del poder disciplinario, del poder del discurso y del poder de la ‘Magna Ciencia’, para cuestionar –y cuestionarnos– permanentemente. Para apostar a la esperanza y al cambio”.

 

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